Martina se rio y negó con la cabeza.
—En ese entonces estabas muy ocupado con lo de Estella. No quise cargarte también con lo mío.
A Salvador se le apretó el pecho hasta dolerle en las puntas de los dedos. Ella sonreía, sí, pero en el fondo lo estaba señalando.
—Marti…
No encontraba cómo explicarse. Que había cuidado a Estella era un hecho. Aun así, no lo comprendía:
—¿Solo porque ayudé a Estella… ni enferma estabas dispuesta a decirme?
—Sí. —Ella lo admitió sin rodeos.
—¿No te parece… demasiado