—Señor… —Manuel alzó el brazo, listo para sostenerlo si se desplomaba.
—Estoy bien.
Tardó un buen rato en abrir los ojos. El brillo en la mirada de Salvador se había apagado de golpe.
—Tú… dijiste… —intentó controlar la respiración; la nuez le subía y bajaba—. No puedo decirlo. ¿Es en el Hospital Universitario?
—Sí. Ya llevaba cinco días internada.
—Bien.
Asintió, abrió el cajón, tomó las llaves del auto.
—Cancela la reunión. Lo demás, resuélvelo tú.
—Sí, señor.
Salvador echó a andar, trastabill