Luciana avanzaba casi doblada en dos; cada paso era una hazaña. Tenía la atención clavada en el piso y hasta contenía el aire para no descompensarse.
—¡Hey!
De pronto, alguien saltó frente a ellos.
Luciana se sobresaltó; trastabilló y, por un pelo, no se fue de bruces. Apretó los dientes y logró mantener el equilibrio. Respiró hondo, miró al desconocido con recelo.
—Ja, ja…
Era un hombre de rasgos caucásicos, melena castaña, tan sucia y enmarañada que hacía nudos. La ropa, hecha harapos. El olor