Ella, como hija, nunca recibió ese “privilegio”.
—Sí, pero… —Lucy intentó explicarse con dificultad—. Tu papá hoy tiene pendientes, de verdad no está…
—¡Corta el cuento! —¿Cómo iba Cristina a creerle?—. ¿No lo llamas? Bien, ¡yo misma lo busco!
La empujó y entró con paso decidido.
—Hoy me llevo a mi papá a casa, cueste lo que cueste.
—Señora… —las empleadas se inquietaron—. ¿Qué hacemos?
Lucy frunció el ceño y negó con la cabeza.
—Déjenla. Que busque.
Como Cristina no le creía, solo quedaba que l