Además, era un teléfono fijo. Dudó dos segundos; frunciendo el entrecejo, contestó.
—¿Bueno?
No se oyó lo del otro lado, pero a Salvador se le tensó la cara.
—…Sí. Entiendo. Voy ahora mismo.
—¿Qué pasó?
Parecía grave.
—Marti… —cayó en cuenta de que había aceptado sin consultarla. Aun si ella no quisiera, igual tendría que ir.
—¿No me digas que es… Estella?
Salvador no lo negó.
—Estella tuvo un problema. Está en la comisaría.
Martina se sorprendió: llegar a la policía no era poca cosa.
—¿La polic