Él lo dijo así porque ya había adivinado con quién había estado hablando.
Luciana sostuvo la taza con ambas manos y bebió a sorbitos.
—Oye… —Ale tomó la otra taza y, con cautela, la miró—. ¿Está bien que te quedes aquí? ¿No te meto en problemas?
La necesitaba, sí. Pero no quería ponerla entre la espada y la pared.
—No. —Luciana giró la taza despacio—. Ya le dije que estos días me voy a quedar en la Casa Guzmán.
—¿Y… no se opuso?
—Ajá. —Asintió.
Por lo menos, de frente no se opuso. Conociendo a F