La cena estaba pedida desde antes: todo al gusto de Martina. Comió con tan buen diente que hasta Salvador se contagió y pidió más de lo usual.
—¿Postre? —preguntó él cuando ya iban de salida.
—Ajá. Un helado chico, nada más.
—Hecho —Salvador llamó al mesero.
Cuando el mesero entró con el postre, se oyó al otro lado del reservado un revuelo: voces, un sollozo que subía de tono.
Luego, claro y filoso:
—¡Renato! ¡No te vayas!
Ese timbre…
Martina lo miró de golpe. Él ya estaba tenso, ceño clavado, l