En realidad, lo que Martina le dijo a Salvador no era del todo una excusa.
Irse de su casa, separarse de Laura y Carlos, la gente que siempre la amó, la dejaba con un hueco y un poco de vértigo. Pero las palabras y el gesto de él la habían calmado.
—Qué bien —Laura le acarició el cabello, alisándole una hebra cerca de la sien—. Tienes buen ojo, Marti. Eso también es tu mérito. Vivan bonito.
Desde la cocina llegaban risas: Carlos y Salvador estaban bromeando sobre algo.
—Lo sé, má —Martina sonrió