—No.
Martina lo rechazó sin pensarlo, los ojos firmes, sin una pizca de duda.
Como si ya contara con ese “no”, Salvador no se alteró. Tenía paciencia para rato.
—Primero sube al auto. Ahí hablamos.
—¿Hablar qué? —Martina estaba al borde de la exasperación—. Salvador, ¿de verdad no sabes soltar? Eres más pesado que Vicente.
El gesto de él se ensombreció de golpe.
Ese nombre no lo oía de su boca hacía mucho. Podía decir que no le importaba el pasado, pero a ningún hombre le gusta que su novia le s