Y no se quedaba ahí.
Sentada, Martina se recogió el pelo. Al parecer le molestaba suelto; estiró la mano hacia debajo de la mesa de centro, sacó una liga, juntó la melena y la ató a la nuca.
El gesto fue tan natural que quedaba claro: no era la primera vez que lo hacía allí.
A Estella le cruzó una idea y la dijo sin pensar:
—¿Vives aquí?
—¿Eh? —Martina parpadeó y asintió—. Sí.
En los ojos de Estella pasó una chispa de sorpresa.
¿Convivían? Tantos años y Salvador siempre había estado solo. Mujere