—¿Qué te pasa? ¿Qué estás haciendo? —Luciana lo miró, desconcertada, todavía con la bolsa de hielo en la mejilla.
El rostro de Alejandro era como una máscara de dureza, su voz grave y rasposa, como un gruñido que parecía emerger desde lo más profundo de su pecho.
—¡No quiero que tomes dinero de otras personas! ¿Acaso no te di una tarjeta? ¿Te falta dinero?
—¿Qué? —Luciana no podía creer lo que oía. ¿Toda esa furia por eso?
Incluso su paciencia tenía un límite. Con su mano libre, lo empujó.
—¡Lár