A medianoche, tocaron la puerta.
Martina, tan dormida que ni abría los ojos, se levantó de mal humor a abrir.
—¿Quién es?
—Marti, soy yo.
La voz masculina, conocida, desde afuera; a Martina se le fue el sueño al instante.
Había pensado dejarlo para otro día; pero algunos, claramente, no pueden esperar. Mejor así.
Martina abrió; Salvador dio un paso adentro, alzó la mano; ella, por reflejo, se echó un paso atrás y ladeó el cuerpo.
—Pasa y hablamos adentro.
Es muy tarde; hablar en la puerta molest