A medianoche, tocaron la puerta.
Martina, tan dormida que ni abría los ojos, se levantó de mal humor a abrir.
—¿Quién es?
—Marti, soy yo.
La voz masculina, conocida, desde afuera; a Martina se le fue el sueño al instante.
Había pensado dejarlo para otro día; pero algunos, claramente, no pueden esperar. Mejor así.
Martina abrió; Salvador dio un paso adentro, alzó la mano; ella, por reflejo, se echó un paso atrás y ladeó el cuerpo.
—Pasa y hablamos adentro.
Es muy tarde; hablar en la puerta molesta a los vecinos.
Salvador frunció el ceño, bajó la mano a medio camino.
—Bien.
Entró y se sentó en el sofá; Martina no. Cruzó los brazos, bostezó.
—¿Se resolvió?
—Ajá.
Salvador no quiso entrar en detalles; le tendió la mano.
—Ven, siéntate conmigo.
Martina ignoró la invitación.
—¿Tan tarde y no te fuiste a dormir? ¿A qué viniste?
—¿Eh?
¿Qué clase de pregunta es esa? Salvador frunció el ceño.
—El gerente dijo que no esperaste el carro que te pidió.
—Sí. —Martina asintió—. Me dio flojera esperar;