Pero Martina no esperó a que llegara el gerente; apenas el auto de Salvador se fue, ella salió del club.
En la esquina pidió un auto y regresó a su departamento de Calle Sakura.
El departamento, que en días normales le parecía algo estrecho, hoy se sentía inesperadamente vacío.
Martina lo sabía: lo vacío era su corazón.
—Ja… jaja.
Sentada en el sofá, Martina soltó una risa sin poder evitarlo.
Era risa, no llanto.
Vaya ojo para los hombres: pésimo. En eso, no le llegaba ni a los talones a Luci.
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