—Lárgate —le habló a Domingo—. Si no, no me culpes por ser grosero. Estás en silla de ruedas: ni siquiera tengo que mover un dedo para sacarte de aquí.
A sus espaldas, Domingo guardó silencio un rato.
—Está bien. Me voy.
Se fue por fin…
Alejandro cerró los ojos con fuerza. Apoyó la mano en la lápida, tan tenso que parecía que podía romperse los dedos.
—Mamá. Perdón.
Ese perdón era por la rabia que alguna vez le tuvo… por culparla de haberlo dejado cuando era un niño, por pensar que eligió irse d