—¿Hablas en serio?
—En serio. —Su mirada era cristalina.
—¿Ni tantito arrepentida? —En los ojos de él chisporroteaba un fuego intenso.
—No. Ni un poco… —Era una decisión tomada desde la verdad de su corazón: pasara lo que pasara más adelante, no pensaba lamentarse.
—Perfecto. —Salvador se inclinó, sujetó su rostro con ambas manos y, con el brillo de un niño travieso, murmuró—: Entonces, doctora Hernández, ¿tengo permiso de besar a mi novia?
Martina apretó los puños, nerviosa.
—S-sí, per… mmm…
Él