Al mediodía siguiente, Luciana se encontró con Martina para almorzar. Martina, furiosa, tenía el rostro casi morado, y su tenedor parecía a punto de perforar el plato.
—¡Es increíble! ¡Si no me lo contaras tú, no podría creer que existiera una familia tan asquerosa!
Luciana solo esbozó una sonrisa indiferente. Ya había pasado la etapa de mayor enojo; la vida debía continuar.
—Por cierto, —Luciana le advirtió—, es mejor que solo tú sepas esto. No le digas nada a Vicente.
Martina frunció los labio