—¡Mamá!
Luciana despertó con el llamado de Alba, acurrucada contra su pecho; los grandes ojos de la niña relucían, algo mohínos.
—Tengo mucha hambrita…
Luciana parpadeó, besó a su hija:
—Perdón, dormí demasiado.
Miró a su costado: el asiento estaba vacío.
—¿Y tu tío?
Alba tampoco sabía; acababa de abrir los ojos y el tío ya no estaba, solo quedaban ella y mamá.
—Aquí estoy.
Alejandro aparecía junto a la puerta del compartimiento, sonriendo. El cabello desordenado por la siesta le daba un aire ju