Capítulo 1089
—¡Mamá!

Luciana despertó con el llamado de Alba, acurrucada contra su pecho; los grandes ojos de la niña relucían, algo mohínos.

—Tengo mucha hambrita…

Luciana parpadeó, besó a su hija:

—Perdón, dormí demasiado.

Miró a su costado: el asiento estaba vacío.

—¿Y tu tío?

Alba tampoco sabía; acababa de abrir los ojos y el tío ya no estaba, solo quedaban ella y mamá.

—Aquí estoy.

Alejandro aparecía junto a la puerta del compartimiento, sonriendo. El cabello desordenado por la siesta le daba un aire ju
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