La señora se quedó rígida al oírla.
—Ya… veo.
Se apartó un mechón de cabello, incómoda.
—Gracias. Yo… me marcho.
Dicho esto, se apresuró a caminar.
—Eh… —Luciana quiso preguntar si las piernas seguían entumidas; a juzgar por su paso inseguro, aún lo estaban. ¿Por qué tanta prisa? ¿Habría dicho algo indebido? No lo creía.
***
A la entrada principal.
Enzo bajó del automóvil y se acercó a la dama de bolso Hermès, intentando tomarle la mano.
Ella se apartó, rehusando el contacto.
Enzo frunció el ceñ