En la villa Trébol.
—¡Hum!
Alba, furiosa, alzó su mano regordeta y tiró el lápiz.
—¡No escribo más!
Elena se apresuró a recogerlo.—¿Por qué, mi amor? A ver, déjame ver…
Uf, la verdad era ilegible. ¿Cómo consolarla?
En eso, Alejandro bajó las escaleras.
Alba, molesta, no corrió a sus brazos como de costumbre.
—¿Qué pasa aquí?
Se sentó a su lado; por la sutura reciente no pudo alzarla.
—¿Nuestra princesa está enojada?
—Hum.
Alba frunció los labios; de pronto la invadió la frustración: los ojazos s