—¡No! —negó ella con la cabeza—. Me importa de verdad; no quiero que te hagas daño.
—¿Sí? —esbozó una ligera sonrisa—. Entonces dime por qué no quieres que me lastime.
Luciana quedó sin palabras.
Él no cedía; cada pregunta avanzaba un paso:
—¿Es porque… me quieres? ¿Mmm?
Ella, entre nerviosa y furiosa, no respondió.
—Quiero oírlo: di que te duele si yo sufro.
Se inclinó y la besó.
Luciana tembló, pero en ese instante Alejandro se paralizó; su gesto se contrajo y llevó la mano al pecho.
—¿Qué te