—¿Qué haces…? —Alejandro frunció el entrecejo, con intención de incorporarla.
Arrodillarse ante su madre… ¿por qué?
—¿Hice algo mal? —preguntó Juana, desconcertada.
—Sí —respondió con seriedad—. No eres familia cercana; no hace falta que te arrodilles. Es demasiado.
—No pasa nada. —Juana sonrió con sencillez—. La cortesía nunca está de más. Ya que me arrodillé, levantarme sería descortés.
—Como quieras.
Alejandro negó con una mueca de resignación.
En realidad, nunca había pensado que extraños vi