—¿Qué?
Alejandro se giró bruscamente. Luciana, con los hombros temblorosos, estaba llorando. Lanzó una mirada rápida a Simón.
—Ve a ver qué pasa.
—Sí, primo.
«¡Maldita sea!» La furia se encendió en los ojos de Alejandro al ver las manos de Fernando posadas en los hombros de Luciana. No podía apartar la vista, y el fuego de la rabia crecía dentro de él.
***
—Es todo mi culpa —dijo Fernando, visiblemente preocupado—. No cuidé bien a Pedro. Ya hablé con el gerente, están buscándolo.
Luciana había p