Lucía respiraba agitadamente, permitiendo así que la brisa helada azotara con fuerza su cuerpo. No era consciente del frío ni del aire punzante; su único deseo era huir.
Tras una carrera cuya duración no podía precisar, se detuvo, agotada y jadeante. Inclinada, con las manos apoyadas en sus rodillas, observó con tristeza cómo sus lágrimas caían al suelo.
En ese preciso momento, Lucía se dio cuenta de que estaba llorando desconsoladamente. Las lágrimas calientes se volvían frías, cortando su del