Estaba tan ansiosa en contar los segundos para que cambiara el semáforo que no me percaté del auto a lado del mío, miré por el rabillo del ojo y el conductor me hizo una seña para que me detuviera adelante.
Apreté los ojos con fuerza.
Dios me odias ¿no es cierto?
Había dos opciones la primera era huir, acelerar hasta que me perdiera la pista, la otra y más dolorosa era enfrentarlo.
El auto se aparcó no muy lejos, sobre la calle de Sainte Catherine.
No estaba tan convencida y hacerlo significab