Cuando salí de la habitación, Vladislav estaba afuera esperando. Él se acercó a mí y miró mi cuello. Yo le sonreí un poco. No quería que se preocupara.
—¿Estás bien? —me preguntó con preocupación. Después salió Mikhail y él arrugó el entrecejo. Yo me di la vuelta y comprendí el porqué de su expresión. Se veía a punto de explotar; la vena en su cuello estaba inflamada y su rostro, rojo de furia.
—¿Mikha, estás bien? —le preguntó Vladislav lentamente. Yo le sonreí a Mikhail. Él me fulminó con la