Al día siguiente, me levanté con un horrible dolor en la cintura; follar con Mikha era un trabajo bastante difícil.
—Buenos días, mi dulce —me dijo él, mirándome mientras yo me sentaba en la cama. Mikha ya estaba de pie, cambiándose.
—¿A dónde vas? —le pregunté.
Él solo me sonrió. Después fue a la mesa que estaba a un lado, tomó un cigarro, lo prendió y le dio un par de caladas.
Yo me levanté de la cama. Estaba furiosa; todas esas palabras que me había dicho ayer eran una jodida mentira. Mikhai