C50- DISFRUTALO MIENTRAS PUEDAS
Emma no desvió la mirada, en cambio sintió cómo los dedos de Santiago se enterraron en su costado.
La presión aumentó, era como un aviso silencioso.
Lupita se detuvo a pocos metros, sus ojos, enmarcados por pestañas postizas que parecían arañas muertas, pasaron de largo a Santiago y se clavaron en Emma.
La recorrió, de arriba abajo y después una sonrisa se dibujó en sus labios inyectados.
—¡Lupita, muchacha! —de repente la voz de Esteban cortó la tensión—. Qué mil