34

Abro la puerta con cuidado de no hacer ruido y me quito los tacones para que no resuenen. Son las siete de la mañana y dudo que estén despiertos a esta hora y un sábado.

Entro de puntillas y cierro con suavidad.

—¿Qué horas son estas de llegar? —pregunta Elizabeth en tono brusco. Su voz me retumba en la cabeza y me da una punzada de dolor en la sien. Tengo ese familiar tufo a alcohol y suerte que no estuve cerca de la hierba—. Te estoy hablando —añade en voz más alta.

Joder.

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