Mundo ficciónIniciar sesiónEl humo gris ascendía espeso, danzando sobre las pequeñas llamas que devoraban telas de encaje. La risa cristalina de Camila se fundía con el crepitar del fuego, llenando cada rincón del jardín trasero de aquella casa de estilo andaluz que Elara Niven misma había renovado. A su lado, Gery sonreía con malicia; sus ojos destellaban satisfacción al ver cómo el bulto del vestido de novia blanco que Elara casi llega a usar se convertía ahora en cenizas.
—Mira, Gery —Camila se apoyó con mimos en el hombro de su marido, señalando el montón de pertenencias listas para ser consumidas por el fuego—. Esos vestidos, esas fotos viejas, las cartas de amor asquerosas de Elara… Todo desaparecerá. Igual que ella, que se esfumará de nuestras vidas.
Gery besó la frente de Camila con ternura. —Tienes razón, cariño. Se lo merece. Qué audacia la de esa mujer, intentar destruir nuestra felicidad. —Su mano acarició el vientre aún plano de Camila, como reafirmando su decisión. Para él, Camila era una joya y Elara, una espina clavada que debía ser arrancada. El odio nublaba su juicio, reemplazando cualquier rastro de afecto que alguna vez sintió por Elara.
Una empleada doméstica que estaba de pie no muy lejos se removió incómoda ante la escena. Sus señores disfrutaban de la destrucción de bienes ajenos como si fuera un espectáculo. Sin embargo, no se atrevió a decir nada.
—¡Trae más cajas del depósito, échalas al fuego! —ordenó Camila con alegría, su voz desbordando triunfo—. ¡Asegúrate de que no quede ni un rastro de Elara en esta casa!
La empleada asintió con rigidez y se apresuró a cumplir la orden. El olor a quemado era penetrante, pero a Camila parecía no importarle. Seguía riendo, saboreando cada momento de ruina. Para Camila, este era un nuevo capítulo donde ella era la vencedora absoluta, y Elara, una sombra del pasado que jamás regresaría. Imaginaba a Elara perdida, sufriendo e indefensa en medio de las calles empedradas de Sevilla, y ese pensamiento solo aumentaba su regocijo.
En otro punto de la ciudad, en una suite de lujo en la planta alta de un majestuoso hotel de estilo art déco en el corazón de Barcelona, Elara yacía débil. No sabía cuánto tiempo había estado inconsciente, pero cuando abrió los ojos, fue recibida por un techo de ornamentos mudéjares y lámparas de cristal que emitían una luz tenue. Su cuerpo aún dolía, especialmente en la zona abdominal, recordándole la nueva carga que ahora llevaba consigo.
—Ya ha despertado, señorita Elara —una voz grave y desconocida surgió desde un rincón de la habitación.
Elara giró la cabeza y su mirada se topó con Alejandro Abraham, un hombre al que no conocía en absoluto. Estaba sentado en un lujoso sillón de cuero, con la espalda erguida y una mirada fría e inexpresiva. Emanaba un aura de poder, como si fuera el dueño absoluto del lugar.
Elara sintió que la sangre le hervía. Recordó lo que dijo el médico. Aquel bebé y el hombre frente a ella eran, quizás, los únicos que sabían lo que realmente había pasado.
—¡Usted! —la voz de Elara sonó ronca, cargada de furia. Intentó incorporarse, pero su cuerpo estaba demasiado débil—. ¡¿Qué me ha hecho?! ¡¿Quién es usted realmente?! ¡¿Por qué estoy aquí?!
Alejandro bebió un sorbo de su té caliente con calma; sus gestos no mostraron reacción alguna ante el estallido emocional de Elara. Dejó la taza en la mesa lateral y la miró con indiferencia. —Soy Alejandro Abraham. Y lo único que he hecho es salvarle la vida.
—¿Salvarme? ¿A esto le llama salvarme? —Elara rió con amargura, su voz impregnada de dolor—. Me secuestró, me drogó. ¡Eso no es salvar a alguien, es un crimen! —Las lágrimas empezaron a inundar sus mejillas. Se sentía humillada, tratada como un objeto.
—Usted intentó acabar con su vida —Alejandro no se inmutó. Su tono era gélido y carente de emoción, como si discutiera un informe de negocios.
—¿Un bebé que no quiero? ¿De un hombre que no conozco? ¿Acaso no es esa razón suficiente?
—Ese bebé es mi heredero —interrumpió Alejandro. Hubo un ligero énfasis en sus palabras, como si marcara su propiedad—. Hace tres semanas, usted entró en mi habitación.
Esa última frase golpeó a Elara como una bofetada violenta. Su dignidad quedó hecha añicos. Sintió náuseas, no solo por el embarazo, sino por el asco que le provocaba aquel hombre tan gélido.
—¿Así que fue usted? ¡Usted ha destruido mi vida! —sollozó Elara.
—Usted misma se entregó. ¿Acaso no lo recuerda, señorita? —Alejandro sonrió levemente, recordando el momento en que Elara entró a su habitación en un estado de semiinconsciencia.
Elara no recordaba nada más allá de eso. Hace tres semanas, despertó sobre sábanas blancas y finas en una habitación de hotel desconocida. La cabeza le palpitaba. Su cuerpo dolía intensamente, como si hubiera atravesado una noche larga y pesada. Estaba sola. No había nadie a su lado, solo las mantas apartadas con orden en la otra mitad de la cama, y el aroma de una colonia que aún flotaba sutilmente en el aire.
Elara no se había atrevido a preguntarse qué había pasado esa noche. Se levantó, se arregló y se marchó como si esa habitación fuera solo una pesadilla que debía olvidar.
—¡Entonces abortaré a este bebé!
—¡¿Qué?! ¡¿Cómo se atreve?! —rugió Alejandro.
De repente, la atmósfera de la habitación cambió. El aura gélida de Alejandro se volvió más densa, como si congelara el aire a su alrededor. Sus ojos afilados se encendieron con un destello de peligro innegable. Ya no era el Alejandro frío e indiferente, sino un Alejandro aterrador, un hombre que parecía no tener rastro de piedad.
—No se atreva a tocar a mi hijo —dijo Alejandro, con una voz baja y penetrante. Había una amenaza oculta en cada sílaba que hizo que a Elara se le erizara la piel—. Ni se le ocurra pensarlo, señorita Elara. Si se atreve a dañar a mi hijo, acabaré con usted. No habrá un solo lugar en este mundo donde pueda refugiarse de mí.
Elara se quedó sin aliento. La amenaza no era un juego. Podía sentir el aura de muerte que emanaba de él. Aunque no conocía a este hombre, sabía que hablaba en serio. Elara tragó saliva; el miedo empezó a reptar por su corazón. Sin embargo, su orgullo se negaba a someterse.
—¡Usted no puede amenazarme! —replicó Elara, aunque su voz temblaba—. ¡Tengo derecho sobre mi propio cuerpo! ¡Me iré de aquí y no volveré jamás! ¡No puede retenerme!
Una sonrisa fina y carente de calor se dibujó en los labios de Alejandro. —Puede irse. Pero recuerde: cada paso que dé, cada aliento que tome, estará bajo mi vigilancia. Y si mi hijo sufre el más mínimo daño, se arrepentirá el resto de su vida.
Alejandro caminó hacia la ventana, contemplando la vista de Barcelona. La luz del sol matutino entraba con fuerza, iluminando su silueta erguida entre las pesadas cortinas de seda. —Le daré todo lo que desee. Riqueza, hogar, seguridad; una vida de lujos que jamás imaginó. Siempre y cuando cuide de mi hijo hasta que nazca sano y salvo.
Se dio la vuelta y volvió a mirarla. —La elección es sencilla, señorita Elara. Vivir bajo mi protección, con todas las comodidades y garantías de seguridad, mientras espera el nacimiento de mi hijo. O enfrentarse a mi ira; y no habrá riqueza ni lugar en el mundo que pueda salvarla.
Elara guardó silencio, con la respiración agitada. Aquello no era una elección en absoluto. Era una trampa, una orden que no podía rechazar. Ahora no tenía nada. Su hogar y su familia se habían esfumado, incluso su trabajo. Era una prisionera en una jaula de oro, con una nueva vida creciendo en su vientre: el eslabón que la encadenaba a aquel temible extraño.
Quería gritar, quería huir, quería desaparecer. Pero su cuerpo se sentía rígido, clavado por la mirada dominante de Alejandro. Sus últimas palabras resonaban en su mente: una promesa de destrucción si intentaba rebelarse.
Elara se encontró atrapada en un dilema aterrador. Abortar al bebé que no quería y enfrentar la furia de Alejandro, o protegerlo por el bien de su propia vida y aceptar un destino impuesto. Miró su vientre aún plano y luego volvió a mirar a Alejandro, que permanecía firme, como un dios que controlara su destino.
—¿Quién es usted exactamente?
Alejandro sonrió de forma críptica. La miró con una expresión que sugería: "Elija con sabiduría, porque no hay vuelta atrás". La habitación volvió a quedar en silencio, solo roto por el latido acelerado del corazón de Elara ante la decisión más difícil de su vida. Sabía que, a partir de ese momento, su existencia jamás volvería a ser la misma. Elara cerró los ojos, sintiendo las lágrimas de desesperación humedecer sus sienes. No tenía opción, y sabía que Alejandro no le daría otra. Estaba completamente en sus manos. Un destino más cruel que la muerte que había intentado buscar.
—Solo llámame Alejandro.
—¿Alejandro Abraham? —Elara leyó la tarjeta de visita que él le entregó. El nombre le resultaba sumamente familiar; era el mismo nombre del padre de Gery. Volvió a leer la tarjeta: en ella figuraba la profesión de Alejandro como CEO de Prosperity Group. Elara sonrió, sintiendo que sus sospechas eran correctas.
—Cásese conmigo, y entonces daré a luz a este niño.







