Mundo ficciónIniciar sesiónEl pasaporte estaba en casa de Gery; ya lo había recuperado. Pero su NIE, la tarjeta de identidad de extranjero que tanto le había costado tramitar tres años atrás, la guardaba en casa de Roberto e Isabel junto con su cartilla bancaria. En aquel entonces, decidió separar sus documentos importantes en dos lugares distintos para no perderlo todo a la vez; una pequeña decisión que ahora se convertía en la única razón para regresar al sitio donde menos deseaba estar.
Sin el NIE, no había visado de trabajo. Sin visado de trabajo, no tenía a dónde ir. Debía presentarse de nuevo en casa de sus padres.
Al día siguiente, en la residencia de Roberto e Isabel, el ambiente era asfixiante. Camila estaba sentada en un sofá antiguo de nogal tallado, típico de las casas de estilo castellano; llevaba un vendaje rodeándole el brazo y el rostro hinchado, como si acabara de atravesar un trauma severo. A su lado, Gery intentaba calmarla, besándole la frente de vez en cuando. Frente a ellos, Roberto e Isabel permanecían sentados con semblante endurecido, llenos de decepción y furia.
—No me imaginé que Elara pudiera ser tan cruel —soltó Isabel, estrujando un pañuelo entre sus manos—. Herir a su propia hermana solo por unas joyas... ¡No tiene corazón!
—No fue solo por las joyas, mamá —añadió Camila con voz temblorosa—. Elara también dijo que denunciaría a Gery por cancelar la boda. Incluso amenazó con destruir nuestras vidas. —Camila mentía con una convicción aterradora. Miró a Gery como buscando refugio.
Gery asintió con gravedad. —Es verdad, suegros. Elara incluso me golpeó cuando intenté proteger a Camila. Está fuera de sí, totalmente incontrolable.
Roberto exhaló un suspiro pesado. —No sé qué más hacer. ¿Qué se supone que hagamos con Elara? Cada vez que hay un problema, ella es la causa. Parece que adoptarla fue un error.
—No podemos seguir cargando con su deshonra —sentenció Isabel con frialdad—. Ya ha traído demasiados problemas. Y ahora lastima a Camila, que está embarazada. ¿Qué pasaría si le sucede algo a nuestro nieto?
Camila bajó la mirada, ocultando una sonrisa maliciosa. Su plan funcionaba. Sus padres y Gery odiaban a Elara a muerte. Sentía una satisfacción plena al ver cómo creían cada una de sus mentiras.
—Le pedí a Gery que repusiera todas las joyas que Elara se llevó —murmuró Camila, hundiendo más la imagen de su hermana, pese a que Elara no había tocado nada.
Al oír eso, la ira de Roberto e Isabel estalló. —¡Qué malagradecida! —gruñó Isabel.
En ese instante, Elara Niven apareció en el umbral. Su cuerpo aún se sentía débil, pero se había obligado a ir. Había escapado de la clínica, incapaz de soportar más tiempo en un lugar donde se sentía prisionera y maltratada. Quería una explicación, quería que la verdad saliera a la luz. Sin embargo, no sabía que sería recibida por un odio aún más profundo.
—¡Ustedes! —exclamó Elara, con una voz que apenas era un hilo.
Todos los ojos se clavaron en ella. Los rostros que antes desbordaban lástima por Camila se transformaron en muecas de asco y rabia.
—¡Elara! —Gery se puso de pie, con la expresión cargada de aborrecimiento—. ¡¿Cómo te atreves a presentarte aquí después de lo que le hiciste a Camila ayer?!
—¡¿Qué es lo que hice?! —replicó Elara, sintiendo cómo el dolor le desgarraba el pecho—. ¡Camila miente! ¡Ella misma se hirió! ¡No pueden creerle así de fácil!
Camila soltó un jadeo y comenzó a sollozar. —Elara, ¿por qué sigues acusándome? Yo no miento... Gery, mamá, papá... ustedes saben que yo nunca mentiría.
—¡Claro que lo sabemos! —Isabel dio un paso al frente, clavándole una mirada punzante—. ¡Sabemos quién eres, Elara! ¡Una mentirosa! ¡Una ladrona! ¡Y ahora te atreves a atacar a tu hermana embarazada!
—¡Yo no la herí! —Elara señaló a Camila—. ¡Está fingiendo! ¡Pregúntale a Gery, él sabe que ni siquiera la toqué!
—¡Basta! —gritó Gery, estallando en cólera—. ¡Estoy harto de tu teatro, Elara! ¡¿Qué más quieres destruir en esta familia?!
Elara enmudeció, temblando de pies a cabeza. Observó aquellos rostros que alguna vez llamó familia. Ya no quedaba calidez en sus ojos, solo hostilidad.
—¿No van a creerme? —preguntó Elara con voz quebrada—. ¿Después de todo lo que he hecho por esta familia?
—¿Qué has hecho? ¿Quieres sacar cuentas? —Isabel bufó con cinismo—. ¡Nosotros te cuidamos! ¡Te criamos! ¿Y así nos pagas? ¡Causando desgracia tras desgracia!
El corazón de Elara se hundió. Se sintió apuñalada una y otra vez. Sin embargo, hubo algo que en ese momento le dio fuerzas o, al menos, una desesperación más profunda.
—Entonces, también deben saber esto. —Elara tragó saliva, con los ojos anegados en lágrimas—. Yo también estoy embarazada.
De repente, la habitación quedó sumida en un silencio sepulcral. Isabel, Roberto, Gery e incluso Camila la miraron con incredulidad, como si Elara acabara de anunciar la noticia más repugnante que jamás hubieran escuchado. Camila miró de inmediato a Gery, temiendo que el hijo que Elara esperaba fuera de él.
—¡¿Qué?! ¿Embarazada?
—¿Embarazada? —repitió Isabel en un susurro que pronto se tornó en un grito—. ¡¿Estás embarazada?! ¡¿De quién?! ¡Estás avergonzando a esta familia, Elara! ¡¿Qué clase de mujer eres?!
—Yo nunca me acosté contigo. Ese hijo no es mío —soltó Gery de inmediato, lavándose las manos.
—No lo sé —respondió Elara, mirando de reojo a Camila; sospechaba que ella le había suministrado algún estimulante—. No sé quién es el padre. Alguien me tendió una trampa hace tres semanas y creo saber quién fue.
—¡Mentirosa! —sentenció Gery con absoluto desprecio—. ¿Después de todo aún te atreves a mentir? ¿Embarazada y no sabes de quién? ¡Qué vergüenza! ¿Con qué hombre te revolcaste, eh?
—¡Eso no te incumbe, Gery! —exclamó Elara.
—Pensé que eras una mujer decente. Resultaste ser igual que todas —añadió Gery con una mueca de asco.
—Gery tiene razón —intervino Roberto, con el rostro lívido—. Esto ha ido demasiado lejos, Elara. Es una deshonra inmensa para nuestra familia. No podemos aceptar esto.
Camila sonrió con malicia, mirando a Elara con aire de triunfo. —Elara es increíble. Después de intentar hacerme daño, ahora trae esta desgracia a casa. Sus excusas no tienen sentido. Seguro que te vendiste a cualquier viejo y te convertiste en una mujer de la calle, ¿verdad?
—¡Camila, cuida tus palabras! —gritó Elara, sintiendo que su furia volvía a desbordarse.
Una bofetada violenta impactó en la mejilla de Elara. Fue Isabel.
—¡Malagradecida! ¡No necesitamos a una mujer deshonrada como tú en esta casa! ¡Lárgate! ¡Tú no eres nuestra hija! ¡Y ese engendro no es nuestro nieto!
Las lágrimas de Elara brotaron con fuerza, bañando su mejilla enrojecida. Se llevó la mano a la cara, sintiendo un dolor mucho más agudo que el del propio golpe. Roberto la miraba con ojos vacíos; no quedaba rastro de afecto. Gery se dio la vuelta y abrazó a Camila, como si quisiera protegerla del aura impura de Elara.
—¡Vete de aquí, Elara! —ordenó Gery con firmeza gélida—. No quiero volver a verte. ¡No regreses nunca! ¡Me das asco!
—Está bien —logró decir Elara.
Con el corazón hecho añicos, Elara retrocedió. Se dio la vuelta y huyó de aquel hogar que ya no le pertenecía. Corrió sin rumbo, con el rostro empapado y el cuerpo temblando, mientras en su vientre una nueva vida palpitaba, recordándole la carga que ahora debía llevar en soledad.
Esa noche, Elara vagó por el centro de Sevilla, sin dirección ni propósito. Las calles de piedra vieja, que solían parecerle hermosas, ahora se sentían extrañas y asfixiantes. Cada paso era un fardo; cada ráfaga del viento mediterráneo le calaba hasta los huesos. No tenía a nadie, no tenía a dónde volver. Era una mujer embarazada y repudiada en medio de un mundo cruel.
Un hombre dentro de un lujoso coche negro de alta gama, estacionado no muy lejos de allí, lo presenció todo. Los ojos afilados de Alejandro Abraham observaban a la frágil Elara, sola bajo la tenue luz de las farolas del casco antiguo. Su mirada era fría, pero ocultaba un destello de preocupación. Vio cómo Elara tropezaba, con el cuerpo desfallecido sobre el pavimento empedrado.
El hombre soltó un largo suspiro.
—Tráela —ordenó Alejandro a su escolta, con una voz baja y cargada de autoridad—. Cuídala bien.
El escolta asintió con obediencia. Segundos después, Alejandro vio cómo su hombre se acercaba a la figura inconsciente de Elara. Ahora, Alejandro lo sabía: su lucha por protegerla acababa de empezar. No permitiría que nadie tocara o lastimara a esa mujer, y mucho menos al niño que llevaba dentro.
—¿Cómo ha podido escapar? A partir de ahora debo vigilarla por el bien de mi bebé —murmuró Alejandro, visiblemente inquieto.







