Ana sintió que su pecho se oprimía al recordar a Carlos y a Marcos, el dolor de las traiciones que había soportado. Se sentía sucia, atrapada en un ciclo de traiciones que no había elegido.
—No tienes nada de qué avergonzarte —dice Gregory, sentándola en su regazo mientras la mira a los ojos—. Ambos te lastimaron primero. Si me lo pides, estoy dispuesto a llevarte lejos... y a tus hijos, Valentina y Diego.
Ana negó con la cabeza, mientras su corazón se desgarra ante la idea.
—No, no puedo hacer