Las semanas siguientes son un torbellino de trámites. Decido sacar los pasaportes de Valentina y Diego. Tienen diez y ocho años respectivamente, y merecen unas vacaciones tanto como yo.
Mientras esperamos en la oficina de migración, Valentina me toma de la mano.
—Mami, ¿nos vamos a ir lejos? —pregunta, con su voz cargada de emoción y un poco de miedo.
—Nos iremos de vacaciones primero, hija. Luego veremos qué hacemos. Necesitamos un descanso —le digo con una sonrisa.
Diego frunce el ceño.
— ¿Y