El primer domingo de agosto, Ximena fue a ver a Camila.
No había razón específica. Camila no había llamado con urgencia ni con necesidad de nada particular. Era simplemente que era domingo y que las cosas que se estaban construyendo entre ellas crecían mejor con frecuencia que con intensidad.
Camila la recibió con Mateo, que tenía ya seis meses y había descubierto el placer de los sonidos repetidos: decía la misma sílaba doce o quince veces seguidas con la satisfacción profunda de quien acaba de