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El regreso a la sala de juntas fue como entrar a un velorio corporativo donde el difunto todavía estaba vivo pero agonizando. Los cuarenta accionistas se habían reorganizado en grupos pequeños durante la pausa no autorizada, con conversaciones en voz baja que se detuvieron abruptamente cuando Sebastián y Ximena cruzaron el umbral. El silencio que siguió fue denso, cargado de especulación y juicio apenas cont

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