La Torre Alcázar parecía más silenciosa de lo habitual cuando Ximena atravesó el lobby a las nueve de la mañana. Los guardias de seguridad la saludaron con la cortesía profesional de siempre, pero algo en sus expresiones—una tensión apenas perceptible alrededor de los ojos, una rigidez en los hombros—le indicó que las noticias del sabotaje ya habían circulado por todo el edificio.
El elevador ejecutivo ascendió con su suavidad característica, pero Ximena sintió cada segundo del trayecto como si