Habían pasado cuatro horas desde que Ximena comenzó a revisar los archivos de la memoria USB, y el sol de mediodía se había transformado en la luz dorada de la tarde que atravesaba los ventanales del penthouse, convirtiendo el polvo suspendido en el aire en partículas brillantes que flotaban sin prisa.
Ximena ni siquiera las notaba. Sus ojos ardían por mirar la pantalla sin descanso, su café se había enfriado hace horas, y tenía la espalda rígida de estar sentada en la misma posición mientras su