La residencia Solís en Lomas de Chapultepec lucía diferente bajo la luz del atardecer—más pequeña de lo que Ximena recordaba, como si los secretos que guardaba hubieran encogido sus muros de cantera.
Apenas habían pasado noventa minutos desde que salió del penthouse con la advertencia de Sebastián resonando en sus oídos: *Dos horas. Ni un minuto más.* El teléfono de seguridad vibraba en su bolsillo cada quince minutos—recordatorios automáticos de que el tiempo corría, de que Sebastián estaría ra