Sebastián condujo durante tres horas sin destino real, navegando por Madrid nocturno en piloto automático mientras su mente repetía las mismas palabras en bucle infinito: "Casi no lo detuve."
Casi.
Esa palabra microscópica que contenía universos de traición potencial.
Terminó en Malasaña, frente a edificio Art Déco de cinco pisos que nadie —ni Javier, ni su familia, ni Cassandra— sabía que poseía. Lo había comprado dos años antes del accidente, refugio privado para cuando el peso de ser Sebasti