La mañana en Zúrich amaneció con cielo despejado que contrastaba violentamente con la tormenta interna de Cassandra. Había logrado dormir tres horas después del incidente del baño, pero su sueño había estado plagado de pesadillas donde Sebastián miraba ultrasonidos de bebés sin rostro mientras Richard susurraba números de probabilidad genética como sentencia de muerte.
El golpe en su puerta llegó a las siete en punto. Demasiado temprano para ser servicio de habitación.
—Cassandra, soy Richard.