86: Una visita inesperada.

Al día siguiente no tenía fuerzas para levantarme. No quería bajar, ni comer, ni ver a Mirko después de lo que había pasado. Solo quería desaparecer bajo las sábanas y fingir que nada existía.

Pero no podía quedarme allí para siempre. Así que, a regañadientes, me incorporé y caminé hasta la cuna. Mis hijos dormían profundamente, tan tranquilos… tan ajenos a todo el caos que me rodeaba.

Los observé durante un largo rato, buscando en sus pequeños rostros la fuerza que me faltaba. Necesitaba llena
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