Elizabeth contemplaba complacida su reflejo en el espejo de su dormitorio. Su cabello negro estaba recogido con elegancia, mientras unos mechones ensortijados caían al descuido, enmarcando su linda carita. Sus ojos azules, perfectamente delineados y ahumados, brillaban con intensidad, y sus labios, pintados de un rojo pasión, parecían susurrar: bésame.
El vestido, del mismo tono que sus labios, se ceñía a su figura con la suavidad de la seda satinada. De escote halter y largo hasta el piso, dej