La verdad.

Tati se sube al asiento del copiloto sin decir nada. Cierra la puerta con suavidad, como si el ruido pudiera terminar de romperme. Apenas lo hace, se inclina hacia mí y me envuelve en un abrazo firme, decidido, sin titubeos.

Yo resisto un segundo.

Después me desarmo.

El llanto que creí haber agotado vuelve con más fuerza, más crudo, más infantil. Me aferro a ella como si el mundo acabara de inclinarse y yo necesitara algo sólido para no caer. La calidez de su cuerpo, el perfume familiar, el con
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