Theo
El día había llegado, y aunque Emma intentaba disimularlo, su nerviosismo era palpable. Oliver, nuestro hijo, ese pequeño chico prodigio con un CI de ciento ochenta y una lengua afilada que rara vez se contenía, estaba a punto de conocer a mi madre, Elle.
Su nueva abuela.
No había forma de predecir cómo sería ese encuentro, y por la expresión de Emma, estaba claro que ella tampoco sabía qué esperar.
La capacidad de Oliver de hacer travesuras era tan amplia y su reciente silencio en todo el