—¿Qué quieres decir en realidad?
Elena estaba recargada contra la credenza de nogal, con los brazos cruzados sobre el pecho.
Ya lo había investigado todo y, aun así, venía a darle vueltas al asunto con indirectas.
¿Cómo no se había dado cuenta antes de lo caprichoso e insoportable que podía llegar a ser ese hombre?
—Si viniste a pelear, lo siento, pero no tengo energías. Y si viniste a comprobar algo, ya viste lo que querías ver.
La mano de Adrián, que sostenía el vaso de agua, se quedó inmóvil