Capítulo 7
Elena decidió instalar su nuevo taller al sur de la ciudad, cerca de Río Claro, una zona exclusiva habitada por familias de alto poder adquisitivo. Era un lugar bien comunicado, pero alejado del bullicio.

Apenas volvió del hospital, se encerró a trabajar de lleno en sus bocetos.

Ya había resuelto con Julián el tema de los proveedores de telas y tenía bien definidas dos líneas de producción. La primera sería una línea de alta costura personalizada, enfocada en la exclusividad, que atendería únicamente con cita previa y ofrecería piezas de edición limitada.

La segunda sería una línea de vestidos de gala de alta gama, inspirada en los cortes tradicionales de la indumentaria de la corte. Estaría reservada exclusivamente para clientas habituales y mujeres influyentes de ciertos círculos, sin intención de producir a gran escala.

La exclusividad era parte del atractivo. A las señoras de la alta sociedad no les hacía ninguna gracia encontrarse con alguien usando el mismo vestido, y las prendas hechas a la medida satisfacían perfectamente esa necesidad.

Telas de la más alta calidad, bordados realizados a mano por artesanos reconocidos y detalles personalizados que hicieran única cada pieza: eso era, en esencia, lo que buscaban las mujeres de aquel círculo social.

Aunque su padre se había enfocado en el mercado de lujo en el pasado, a la marca siempre le había faltado ese toque de exclusividad.

Elena tenía muy claro su público objetivo: las mujeres que ocupaban la cúspide de la alta sociedad.

Toc, toc, toc.

Elena levantó la mirada.

—Jefa, ya quedó lista la muestra.

Al oírla, se le iluminaron los ojos. Se puso de pie de inmediato:

—Rápido, déjame verla.

Aquella era la última creación de su padre. Había pasado medio año ajustando los trazos hasta llegar al diseño final y, posteriormente, Elena le había añadido algunos detalles de su propia cosecha.

La había mandado confeccionar hacía una semana y el trabajo estuvo listo mucho antes de lo que esperaba.

Rodeó el escritorio y, con delicadeza, sacó aquel vestido de gala de inspiración rococó, confeccionado en satén color resplandor de luna, y lo extendió sobre el sillón.

El bordado de rosas del cuello recorría el escote asimétrico hasta llegar a la cintura. Las rosas blancas lucían elegantes y delicadas, con espinas bien definidas y diminutas incrustaciones de pedrería en los estambres.

El satén desprendía un brillo discreto y sedoso, mientras que la prenda, bajo la luz, destellaba con pequeños reflejos que realzaban todavía más su elegancia.

Era deslumbrante.

Elena curvó los labios, completamente satisfecha con el resultado:

—Definitivamente, en persona quedó todavía más hermosa de lo que imaginaba.

A su lado, su asistente no dejaba de asentir:

—Si hablamos de verdadero lujo, pocas cosas transmiten tanta distinción como la alta costura tradicional.

Elena dobló la prenda con cuidado y la guardó.

Con el diseño terminado, el siguiente paso era encontrar el momento y el escenario adecuados para presentarlo ante el público al que quería llegar.

Su celular vibró con un mensaje.

Julián: “Checa este concurso.”

Elena abrió el enlace. Era la convocatoria para un certamen:

“Plumas del Palacio: Premio Neoclásico de Alta Costura”

El evento estaba organizado conjuntamente por el Museo de Bellas Artes, la Academia de Artes y la Cámara de la Moda.

Llegó otro mensaje.

Julián: “Los jueces.”

Elena se desplazó hacia abajo y un nombre captó de inmediato su atención:

Profesor Carlos Rivera.

Alguna vez había escuchado a su padre hablar de él. Era catedrático de la Escuela de Arte y, años atrás, había participado en la restauración y el estudio de indumentaria histórica de gala para el museo.

Su padre lo había conocido durante una convención en Ciudad del Mar. Siempre que lo mencionaba, aunque fuera brevemente, lo hacía con profundo respeto y lo consideraba todo un referente en su campo.

Elena acarició la pantalla con la yema de los dedos.

Para relanzar Casa Aurelia necesitaba algo que respaldara el prestigio de la marca.

No bastaban el talento y la técnica; también necesitaba el reconocimiento de figuras respetadas dentro del medio.

Aquel concurso era la oportunidad perfecta.

Marcó el número y, tras tres tonos, al otro lado de la línea se escuchó una voz masculina y grave:

—Elena.

Ella fue directo al grano:

—¿Me estás sugiriendo que me inscriba en este certamen?

—Sí. El concurso busca recuperar la tradición de la confección artesanal y promover la estética clásica, pero hay algo más...

—¿Qué cosa?

Julián continuó:

—El profesor Carlos va a aprovechar este evento para elegir a su último aprendiz.

Al escuchar eso, Elena apretó el celular con fuerza.

—¿Es en serio?

El profesor Carlos era toda una autoridad en el ámbito de la alta costura y había dedicado gran parte de su carrera al estudio y la práctica de la estética clásica. Si lograba convertirse en su aprendiz, tendría la oportunidad de aprender directamente de uno de los grandes referentes del sector.

Además de ayudarla a elevar su nivel como diseñadora, aquello le daría un enorme prestigio a la marca.

Al otro lado de la línea, la voz de Julián sonó tranquila:

—¿Cuándo te he mentido? —hizo una pausa y agregó—. Tengo cierta relación con el profesor. Nos hemos visto un par de veces... ¿quieres que...?

—No —lo interrumpió de inmediato, cortando de raíz sus intenciones—. No necesito que intervengas. Quiero intentarlo por mi cuenta.

Julián soltó una risita, como si ya hubiera anticipado la respuesta:

—Me imaginé que dirías eso.

Tratándose de una figura con una trayectoria como la del profesor Carlos, recurrir a una recomendación directa incluso podía resultar contraproducente.

Si quería que Casa Aurelia fuera tomada en serio, primero tenía que destacar por mérito propio.

Elena respiró hondo, abrió el formulario de inscripción y llenó sus datos.

El cursor permaneció un par de segundos sobre el botón de enviar antes de que finalmente hiciera clic.

Consiguiera el puesto o no, iba a dar lo mejor de sí.

***

Cuando regresó a su residencia en Bahía Clara, ya eran casi las nueve de la noche.

Cansada, Elena estacionó el vehículo. Al acercarse a la entrada, distinguió una silueta recargada contra la carrocería de un auto, con una brasa al rojo vivo entre los dedos.

La tenue penumbra envolvía sus facciones marcadas y le daba un aire indolente y distante.

Al escuchar sus pasos, el hombre apagó la colilla con la suela del zapato, giró la cabeza y clavó la mirada en ella.

—¿Hasta estas horas trabajando?

Quizá por el cigarro, la voz le salió algo rasposa. Tenía un mechón de cabello caído sobre la frente, como si llevara un buen rato esperando.

Elena no pidió explicaciones. Se limitó a preguntar:

—¿Qué haces aquí?

Adrián dio un paso al frente:

—¿Qué? ¿Ya no puedo venir?

Esa forma suya de comportarse como si todo estuviera bajo su control, siempre con aquella actitud arrogante, hizo que a Elena se le encendiera el coraje al instante.

Lo miró con frialdad:

—¿Ya firmaste?

Adrián frunció el ceño, molesto:

—¿Es lo único que tienes que decirme?

—¿Y qué más quieres que te diga?

Elena soltó un bufido de desprecio. Después de andar deshaciéndose en atenciones con el papá de Santina, ahora venía a descargar su mal humor con ella sin motivo alguno.

Sin prestarle más atención, sacó las llaves para abrir el portón.

En cuanto abrió la entrada, Adrián caminó hacia adentro como si estuviera en su propia casa. Observó el patio lleno de rosas y asintió ligeramente:

—No está nada mal.

Elena retiró la llave de la cerradura y, al verlo pasearse con tanta naturalidad por el patio, preguntó de mala gana:

—¿A qué viniste?

Adrián la miró con altivez:

—Como tu esposo, al menos hasta que firmemos el divorcio, ¿no puedo venir a ver dónde estás viviendo?

¿A ver dónde estaba viviendo?

Más bien quería comprobar qué tan mal la estaba pasando sin él.

Para su mala suerte, Elena no pensaba darle ese gusto.

—Haz lo que quieras.

Tampoco se molestó en preguntarle cómo había conseguido la dirección. Para alguien como Adrián Vega, averiguarla no representaba ningún esfuerzo.

Elena pasó a su lado, abrió la puerta principal, entró al recibidor, encendió la luz y colgó las llaves en la credenza de nogal.

—No tengo pantuflas para visitas. De todas formas, mañana viene la señora del aseo, así que entra como quieras.

Adrián asintió levemente.

Cuando Elena avanzó hacia la sala, él bajó discretamente la mirada hacia la parte inferior del mueble.

Solo había zapatos de vestir de mujer, todos del estilo refinado que ella solía usar.

—¿Agua o café?

—Agua está bien.

La residencia tenía una arquitectura elegante y moderna. A través del gran ventanal de la sala se veía el muro del jardín, cubierto de rosales.

Adrián echó una mirada discreta a su alrededor: el recibidor, la sala, las escaleras.

Al comprobar que no había el menor indicio de que un hombre viviera ahí, se acomodó con tranquilidad en el sillón de terciopelo.

Sus ojos oscuros recorrieron nuevamente el lugar antes de preguntar, fingiendo indiferencia:

—Esta casa... ¿la compraste tú?

Elena dejó el vaso de agua frente a él y respondió con el rostro serio:

—Sin el acuerdo firmado ni la división de bienes, ¿de dónde voy a sacar dinero para comprar una casa?

Ante su actitud hostil, Adrián no se molestó. Tomó el vaso y la miró de reojo:

—¿Entonces quién te la dio? ¿Julián?
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