Sonó el teléfono de la central de enfermeras: le avisaban que aún quedaban algunas pertenencias de su padre en el hospital.
Elena terminó de acomodar sus bocetos de diseño y tomó el carro para ir a recogerlas.
Poner un pie en aquel lugar hizo que el pecho volviera a oprimírsele con un dolor punzante.
El día en que fallaron los intentos de reanimación, ella misma se encargó de limpiarle el rostro y cambiarle la ropa a su padre. Aquella frialdad extraña y persistente se le había quedado grabada en la memoria, al grado de que, apenas entró a la torre de hospitalización, los ojos se le llenaron de lágrimas.
Llevaba tres días lloviendo sin parar y el viento arrastraba un aire helado, así que Elena se ajustó bien el abrigo.
El elevador subió directo al séptimo piso, donde se encontraban las suites VIP. Su padre había pasado mucho tiempo ahí, por lo que conocía bien al personal.
Apenas salió del elevador, alguien la llamó:
—¡Mi niña!
Era la Sra. Socorro, del equipo de limpieza. Tiempo atrás, cuando unos familiares de otro paciente la habían acorralado, el papá de Elena había intervenido para defenderla, y desde entonces le tenía mucho cariño a la joven.
La Sra. Socorro era una mujer cálida y sencilla. Un mes atrás había viajado a su pueblo por el nacimiento de su nieto y seguramente llevaba apenas un par de días de regreso.
Elena le sonrió a modo de saludo.
La Sra. Socorro apoyó el trapeador en su carrito de limpieza y le sonrió con afecto:
—Me traje unos quesos artesanales de allá del pueblo. En cuanto termine mi turno, te los paso a dejar.
Siempre hacía lo mismo: cada vez que volvía de su tierra, les traía algún regalito a ella o a su papá.
Decía que, estando sola en la capital, no conocía a casi nadie y que haberse encontrado con ellos había sido una bendición.
Como nunca había tenido hijas y Elena era tan bonita y educada, la quería de todo corazón.
—Oye, pero... —agregó con curiosidad—, en la mañana vi vacío el cuarto 202. Como las enfermeras nuevas casi no me ubican, no quise preguntar mucho. ¿A poco cambiaron a tu papá de habitación?
Su tono cariñoso e interesado hizo que a Elena se le congelara la sonrisa. La mano con la que sujetaba la correa de su bolso se le puso helada.
Al ver que Elena no decía nada, la señora dejó ver un destello de ilusión en los ojos:
—¿No me digas que ya le dieron el alta? Me habías dicho que un conocido tuyo le iba a conseguir un especialista buenísimo. ¿Salió bien la cirugía?
Elena dudó. Al ver el rostro lleno de alegría de la mujer mayor, sintió un nudo en la garganta. Tras pensarlo un instante, prefirió asentir con la cabeza.
Al oír eso, a la señora se le llenaron los ojos de lágrimas y le dio unas palmaditas afectuosas en el brazo:
—¡Qué bendición, Dios mío! Qué bueno que todo salió bien. Valió la pena tanto tiempo internado.
Al decir esto, juntó las manos con devoción, dando gracias al Cielo y asegurando que, como su padre era un hombre de bien, Dios no lo iba a abandonar.
Siguió tomándola de las manos, llenándola de consejos sobre cómo cuidarlo en casa y qué hacer para que se recuperara pronto, hasta que alguien apareció en el pasillo y la Sra. Socorro se vio obligada a terminar la plática.
Se alejó con el paso visiblemente más ligero.
Mientras veía cómo su figura desaparecía al fondo del pasillo, Elena bajó la mirada.
Era mejor que no supiera la verdad.
No quería amargarle el día a nadie con sus penas familiares.
***
Llegó a la central de enfermeras y explicó a qué iba. La enfermera de turno asintió y se dirigió a la bodega.
Elena esperó a un lado. Nunca había sido una mujer chismosa, pero las personas de las que hablaban hicieron imposible que ignorara la conversación.
—Te digo que es Adrián, lo he visto en las noticias de negocios.
—¿A poco la que venía con él era su esposa?
—Yo creo que sí. Dicen que el señor Adrián se casó hace tres años; no me imaginaba que su esposa fuera tan guapa.
—Además, vino personalmente a hacer el trámite de internamiento de su suegro. Es guapo y atento.
Esa “esposa” de la que hablaban... Elena intuía que se trataba de Santina.
Aparte de ella, no había nadie por quien Adrián se movilizara de esa manera.
¿Habría terminado la operación de Juan y, por miedo a que Santina se agotara cuidándolo sola, la habría traído de vuelta para instalarlo ahí?
Las pestañas de Elena aletearon suavemente. En sus ojos no había emoción alguna.
Si ya estaban a punto de divorciarse, lo que él hiciera y con quién lo hiciera dejaba de ser asunto suyo.
Recibió la bolsa que le entregó la enfermera y se dio la vuelta, solo para encontrarse de frente con Julio, que acababa de salir de una suite.
Al ver a Elena, un destello de pánico cruzó el rostro de Julio.
A pesar de que cerró la puerta con rapidez, Elena alcanzó a ver lo que ocurría adentro.
Adrián estaba cortando una manzana por la mitad: le entregó un pedazo a Juan y la otra mitad a Santina.
Juan dijo algo y Santina, a su lado, inclinó la cabeza con una sonrisa dulce.
Lucían verdaderamente como una familia.
Apenado, Julio se acercó a saludar a Elena.
—Señora.
A Elena casi le dio risa ver lo culpable que se mostraba el hombre.
El protagonista de todo aquello era Adrián y, sin embargo, quien parecía nervioso era su asistente.
Al ver que llevaba los resultados de unos análisis en la mano, Elena no dijo nada. Se limitó a asentir con cortesía e intentó seguir de largo, pero Julio la detuvo:
—Señora, este... —dudó un momento, queriendo justificar instintivamente a Adrián—. Al final, son amigos de toda la vida. Es normal que el jefe haya venido a ver cómo siguen.
Sí, claro que era normal.
En los tres años que su propio padre estuvo internado, Adrián solo había ido a verlo dos veces.
Y una de ellas había sido porque la directiva del grupo fue a hacer una donación al hospital y ella tuvo que rogarle para que subiera un momento a la habitación.
Ellos eran amigos de toda la vida.
En cambio, ella y su padre siempre habían sido unos extraños.
Nunca estuvieron al mismo nivel, ni en posición social ni en afecto.
Elena asintió, con una calma tan profunda como un pozo sin fondo, y solo dijo:
—Dile que se apure con la firma del acuerdo de divorcio.
Sin esperar respuesta, aceleró el paso y se alejó.
Julio se quedó parado en el lugar, viendo cómo aquella silueta frágil desaparecía en la esquina del pasillo, y no pudo evitar soltar un suspiro.
¿Cómo era posible que dos personas terminaran así?
La puerta de la habitación se abrió y salió una figura estilizada vestida de blanco. Al ver a Julio inmóvil en el pasillo, le preguntó con una sonrisa:
—¿Pasa algo, Julio? ¿Salió mal algún estudio?
Julio reaccionó:
—No, señorita Santina. Voy a llevarle los papeles al doctor.
—Está bien.
En cuanto Julio entró al elevador, la sonrisa amable de Santina se desvaneció.
Había alcanzado a ver perfectamente a la mujer que estaba allá afuera.
¿Esa era la esposa de Adrián?
Ciertamente era muy bonita.
Hacía tiempo que había oído por boca de los empleados de la casa Vega que Adrián se había casado con ella solo para quedarse con el cinco por ciento de las acciones, y que esa mujer había aceptado únicamente por el poder y el dinero de la familia Vega.
También sabía que el padre de esa mujer había estado enfermo, pero Adrián había preferido darle prioridad médica al suyo.
¿Eso no demostraba que entre ellos nunca hubo amor?
¿Que aquel matrimonio había sido una simple transacción de principio a fin?
Elena.
Santina repitió el nombre en su mente.
—¿Qué estás viendo?
Santina se giró. Adrián venía saliendo de la suite; su voz sonaba grave y pausada:
—Le dieron el medicamento y ya se durmió.
Ella levantó la vista, dejando ver una sonrisa tierna:
—Adrián, de verdad muchas gracias. Estás hasta el cuello de trabajo y aun así te diste el tiempo de arreglar todo esto.
Adrián respondió con un tono neutro y natural:
—No tienes nada que agradecer. Somos como una familia.
“Somos como una familia.”
Santina apretó el dobladillo de su blusa mientras el corazón le daba un vuelco. Bajó la mirada, apenada:
—Lo sé. Siempre lo he sabido.
Desde la secundaria, aquel día en que él la llevó en brazos a la enfermería después de que se lastimara, supo que Adrián la trataba diferente a las demás.
A pesar de que ella había pasado varios años en el extranjero, nunca perdieron el contacto. Cada vez que él viajaba a Aldoria por negocios, siempre se daba el tiempo de visitarlos a ella y a su padre. Y ahora que habían regresado al país, en cuanto se enteró, se encargó de todo personalmente.
Adrián bajó la cabeza para contestar unos mensajes de trabajo y el pasillo quedó en silencio.
Julio volvió y le entregó a Santina la receta y las indicaciones del médico:
—El doctor dice que el señor Juan va evolucionando muy bien después de la cirugía y que todos sus estudios están dentro de lo normal.
Santina tomó las hojas y asintió con una sonrisa.
—Jefe... —murmuró Julio, dudando si hablar.
Al notar la vacilación del asistente, Santina dijo con tacto:
—Voy a revisar el suero.
Adrián asintió levemente:
—Que le den sus medicinas a tiempo. De todas formas, voy a mandar a alguien para que los apoye con los cuidados.
En cuanto se cerró la puerta de la suite, Julio habló en voz baja:
—Hace un momento me encontré a su esposa.
Adrián asumió que había ido a recoger las cosas de su padre. Le echó una mirada de reojo, indicándole que continuara.
Julio tomó aire y le transmitió el mensaje:
—La señora dijo que se apure con lo del acuerdo de divorcio.
El dedo de Adrián se quedó inmóvil un segundo sobre la pantalla del celular. Hizo una breve pausa y se limitó a asentir levemente.
Dentro de la habitación, Santina estaba recargada contra la puerta, apretando los dedos con fuerza.
“¿Se van a divorciar?”