Francine estaba recostada en el sofá, el cuerpo encajado en el de Dorian como si hubiera encontrado el lugar exacto para descansar después de horas de tensión y deseo.
Él, con la voz calma y firme, dio la orden:
—Alexa, apaga las luces del despacho.
El ambiente se sumergió en la penumbra, quedando solo el brillo suave de las luces de la calle filtrado por la cortina translúcida.
Ese haz difuso dibujaba las curvas de ella con un contorno casi etéreo, como si cada línea de su cuerpo fuera una obr