Después de Navidad, Nueva York no desaceleró.
Simplemente cambió de ánimo.
El clima seguía frío, las luces aún parpadeaban en las vitrinas, pero había una prisa distinta en el aire, como si toda la ciudad estuviera contando los minutos para el fin de año.
La agenda volvió a ocupar cada espacio del día: pruebas de vestuario, reuniones, ajustes de último momento, llamadas que empezaban demasiado temprano y terminaban demasiado tarde.
Aun así, todo parecía… más ligero. No fácil, pero soportable.