El salón reservado para la degustación estaba en una antigua casona a orillas del Sena, con ventanas altas y cortinas de lino que danzaban con el viento.
La mesa frente a ellas parecía una exposición de arte: pequeños platos decorados con flores comestibles, diminutas porciones de pastas, salsas coloridas, terrinas, quesos y postres tan delicados que parecían joyas.
Malu observó todo aquello con una mezcla de encanto y desconcierto.
—Dime que esto no es la comida completa —murmuró, pinchando co