Cuando Francine aterrizó en París con Malu a su lado, la ciudad parecía tener un brillo distinto.
No era como la primera vez, cuando llegó desilusionada y sola, intentando esconderse de su propio dolor.
Ni como la segunda, cuando el corazón le latía acelerado por la oportunidad de cumplir un sueño.
Esta vez, París no era huida ni conquista.
Era celebración.
Las dos iban en el coche que las llevaba del aeropuerto al hotel, y Malu, pegada a la ventana, parecía una niña en un parque de diversiones